La resaca de los cuartos de final: El Olímpico de Roma fue testigo del milagro

12.04.2018

Por: Oscar García 

No puedo empezar este escrito con otras palabras que no sean de agradecimiento a los ocho equipos que disputaron los cuartos de final de la UEFA Champions League, pues nos ofrecieron cruces vibrantes y apasionantes.

El FC Barcelona enfrentó a la Roma y la prensa catalana desde el momento del sorteo lo denominó el bombón de la fase. Cierto es que los dirigidos por Valverde marchan invictos en la liga española y cada vez más cerca de asegurar el título, por tal motivo eran claros favoritos.

La Roma llegó a la cita con varias presentaciones previas que dejaban ver que no serían un rival fácil de vencer, líder del denominado grupo de la muerte, imponiéndose a Chelsea y Atlético de Madrid, con una defensa sólida y un ataque sobrio pero cumplidor.

El partido de ida, disputado en el Camp Nou, terminó con un aplastante 4-1 a favor del Barcelona, pero quienes vieron el partido coincidirán que el resultado final no reflejó el trámite del mismo, pues un autogol de Daniele de Rossi fue el que abrió el marcador, además hubo otro autogol, de Manolás; pero el gol de Edin Dzeko daba esperanzas a los italianos.

En su estadio y con su gente, la Roma estaba más que obligada a morirse de algo y salió a comerse el partido, a demostrarle al ídolo gialorosso, Francesco Totti, presente en el estadio que el espíritu de lucha permanece en el equipo de sus amores.

Quien más si no el bosnio, Edin Dzeko era el indicado para iniciar la proeza, anotando el gol al minuto 6, apenas empezando el segundo tiempo, el capitán Daniele de Rossi transformó en gol un penal y a escasos minutos del pitazo final, el griego Manolás, si, el mismo que marcó autogol en la ida, ponía las cifras definitivas, convirtiendo el Olímpico de Roma en un lugar de locos.

Lo que aun no entiendo es si hubo un mal planteamiento de Valverde, buscando guardar la ventaja obtenida en España o fue el hambre de los romanos lo que borró por completo a los blaugrana, lo que queda claro es que para las semis no hay rival fácil, o como aprendió el Barcelona, ya no hay bombones.   

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